Idilio de resistencia

Esa brizna de hierba me llevó a dibujar las plantas, luego las estaciones, los aspectos del paisaje, los animales y luego algunas huellas de la vida humana. La aguja en un tiempo suspendido en el tiempo anidó allí, haciendo avanzar el paisaje, creado un espacio de belleza idílica.

“Idílica” es una serie de dibujos con hilos que toman elementos propios del bordado por la utilización del material y puntos aplicados. La obra retoma la laboriosidad y la laxitud del tiempo propio de esta técnica, haciendo hincapié -en cada puntada- en el detalle mínimo y sutil de los objetos. La concibo como dibujos que puedo crear con un material que ofrece la libertad de trazar líneas directamente con la aguja y en ocasiones pintar. En “Idílica” me sumerjo en un universo bello, un paisaje idealizado, donde la naturaleza ha repoblado el mundo avanzando sobre él, generando espacios para el crecimiento de lo perfecto y el despliegue de belleza. Se presenta un mundo posible de poesía visual, en el cual la humanidad se visibiliza en sus objetos, muebles y muros que se instalan en espacios plagados de vegetación. La armonía, la tranquilidad se apropian del paisaje, dejando allí espacios para el interrogante del devenir de las cosas o el proceso de cambio de una realidad.

De esta obra se desprende “Idilio de resistencia”,  instalaciones realizadas con objetos cubiertos por tierra y vegetación. Son escenas cotidianas: desayunos, mesas de luz con adornos, escritorios con libros, semienterrados por plantas y tierra.

La naturaleza en su potencia se nos resiste: los árboles que crecen en las esquinas de los techos de las casas, las plantas entre las rendijas de las baldosas, el moho de las paredes, el césped en los baches de las calles, nos presentan verdaderas prácticas de resistencia. En lo adverso, lo imposible, lo inútil, la potencia de cambio y de acción sobre el entorno empodera a la naturaleza sobre el medio humano. Esta resistencia es violenta, ya que en su avance corroe, destroza, sintetiza lo que absorbe. Esta obra conforma un espacio en un tiempo otro, en el que la resiliencia ecológica, es capaz de absorber las perturbaciones del pasado sin alterar sus características biológicas. La potencia modificadora, reincidente del crecimiento del paisaje natural sobre el urbano; la persistencia del deseo y el ánimo en este paisaje interior son inspiradores en la resistencia a una acción humada destructora.

María Laura Martínez Spaggiari

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Sueños recurrentes hay muchos. Algunos vuelven tan obsesivamente a visitarnos por las noches que podrían calificar de pesadilla, aunque el contenido no sea del todo terrible. Restos diurnos que vuelven como persona, personaje, híbridos, conversaciones mantenidas y otras inventadas, todo esto y mucho más nutren los guiones del universo onírico personal. Soñar con volar, por ejemplo, siempre es hermoso y liberador. Pero, ¿qué pasa con la fantasía de que la humanidad fue borrada de un plumazo dejando la Naturaleza librada a su suerte? Dicen que soñar con un campo abierto señala que buscamos una vida tranquila y sencilla, que pareciera ser el indicio de que necesitamos un tiempo de descanso para el cuerpo y la mente. También indicaría la necesidad sentirnos libres y abrirnos al mundo, para encontrar la felicidad en las cosas simples de la vida. Si a esta sencilla interpretación –dada para la imagen de un apacible campo– la extrapolamos para la pesadilla de una Naturaleza desbordada, creciendo en espacios domésticos, cubriendo objetos cotidianos, ¿qué explicación podríamos encontrar?

No se apresure en responder(se), tenemos algo de tiempo a nuestro favor. Todavía no es el momento de irse a dormir, aunque si está aquí, seguramente pueda brindarse un paréntesis de demora. Piense en la Naturaleza. Ella sí que sabe de Tiempo. Existe mucho antes de que nosotrxs pudiéramos entenderla como algo separado de nosotrxs, de nuestros cuerpos y mentes; antes de estudiarla, analizarla, desmenuzarla, dominarla, destruirla... Tal como nos enseñó Carl Sagan en Cosmos, la Humanidad ocupa sólo un par de minutos en el Calendario Cósmico que inicia en el primer segundo del 1º de Enero con el Big Bang (nosotrxs, la Humanidad, haría su flamante aparición a las 22:30hs del 31 de Diciembre de esta extraña agenda galáctica). Mirar el cielo y soñar; contar estrellas y escribir relatos oníricos; dibujar constelaciones e interpretar fantasías. Hay una disposición común, curiosa y creadora, entre quienes miramos el cielo e interpretamos los sueños, y tal vez la figura que mejor resuma estas dos actitudes sea la de la persona artista.

Un idilio es un amorío intenso, es un fuego que arde y consume. Por el contrario, la resistencia parecería ir en la dirección contraria: se vincula a lo que puede durar en el tiempo, una potencia extendida. Un Idilio de resistencia es, entonces, un encuentro dialéctico entre ambas partes, es ir más allá de la fórmula que supone una alternativa entre durar o arder. Esta exposición de Lali Martinez Spaggiari, se propone como una alternativa superadora de esta disyuntiva, representando un encuentro de diversas pasiones aparentemente distanciadas: la Naturaleza y el arte; el bordado y la observación; el tiempo y el dibujo; la acción y las ideas. Pareciera que Lali con estas obras está desaprobando todo límite demasiado estanco entre forma y contenido, entre fuerza y control, entre duración y fugacidad. Roland Barthes ya lo expresaba en su inquietante escrito sobre el amor, “el mundo somete toda empresa a una alternativa: la del éxito o el fracaso, la de la victoria o la derrota. Protesto desde esta lógica: soy a la vez y contrariamente feliz e infeliz: "triunfar" o "fracasar" no tienen para mí más que sentidos contingentes, pasajeros (lo que no impide que mis penas y mis deseos sean violentos); lo que me anima, sorda y obstinadamente, no es táctico: acepto y afirmo, desde fuera de lo verdadero y de lo falso, desde fuera de lo exitoso y de lo fracasado; estoy exento de toda finalidad, vivo de acuerdo con el azar (lo prueba que las figuras de mi discurso me vienen como golpes de dados). Enfrentado a la aventura (lo que me ocurre), no salgo de ella ni vencedor ni vencido: soy trágico.

El arte, se sabe, ordena el vacío a través de la sublimación que supone entrar en relación con el medio simbólico. En cualquiera de sus formas de aparecer (hoy más multiplicadas que nunca), el arte genera una salida feliz a la tendencia de nuestros pensamientos de la vida cotidiana, nos proporciona un “entre-paréntesis” de la significancia que, a todas luces, sigue otra lógica. Se supone que esta puesta entre paréntesis garantiza la suspensión de la angustia de estar vivos, pero al mismo tiempo, es la contraparte de una negociación con el sentido en el que dejamos de querer comprenderlo todo para entregarnos a un conocimiento previo, o al margen del lenguaje. Proponemos abordar las instalaciones de Lali haciendo un ejercicio que permita suspender el tiempo mundano. Sugerimos a quien contemple estas composiciones bordadas que se provoque una sinestesia poco frecuente y a voluntad: a las líneas hechas con hilos, mirarlas como si las pudiera tocar; inhalar mientras se recorre un color; exhalar cerrando los ojos, permitiendo que la imagen eche raíces en la mente; acercarse a las burbujas y hacer como si pudieran oler esos hábitats a través del cristal aunque en realidad se sopese los volúmenes allí dispersos y se saboree el encuentro de la naturaleza con los objetos. Lo que aquí se le indica no tiene precedentes. No hay posibilidad de error, no hay moral. Es todo experimentación, libre de propósito, una terquedad artística tan intensa como el amor y tan vital como la fuerza que nos habita.

 

Mariana Rodríguez Iglesias

Nuñez, invierno de 2018