Atentado terrorista en Madrid
El jueves negro de Madrid en la mirada de estudiantes santafesinos
Lunes 15 de marzo de 2004
El atentado del 11 de marzo conmovió al mundo entero. Hay 8 estudiantes de la UNL que, por un programa de intercambio, residen en Madrid. Aquí la experiencia de tres santafesinos que vivieron el horror.
No cabe duda que el atentado terrorista sucedido el pasado 11 de marzo en Madrid nos conmovió a todos. Si bien estamos muy lejos de la tragedia, nos toca de cerca. Una pequeña porción de nuestra comunidad universitaria está residiendo en Madrid llevando adelante sus estudios por ser parte de un programa de intercambio. De alguna manera este hecho nos acerca lo sucedido, y ellos, desde lejos de todo lo familiar, necesitan transmitir lo vivido, tanto a sus seres queridos como a sus conciudadanos. Aquí, Juan Nieva, Valeria Verros y Bárbara Kleisinger cuentan su experiencia.
"Hoy mi compañera se iba a la Facultad y dudó entre llevar o no un paraguas. Había escuchado algunos truenos. Decidió salir sin él pero volvió antes de lo previsto y con una noticia: hubo un atentado en la Estación Atocha de Cercanías. Supimos entonces que los truenos no habían sido tales. Hacía dos horas que las miradas del mundo estaban a treinta cuadras del departamento en que vivimos hace poco más de un mes en Madrid. A partir de ese momento sentí miedo, un miedo raro, jamás había experimentado el terror hasta ahora", comienza Valeria, estudiante de Derecho, en una carta publicada en el diario Castellano de Rafaela, de donde es oriunda. Por su parte Bárbara Kleisinger agrega "como a las 12:30 de ese jueves, salí para tratar de comunicarme con mis familiares, y me sorprendió encontrarme con las calles prácticamente vacías, algo un tanto chocante ya que siempre es un ir y venir de gente a toda hora".
En este sentido, Juan Nieva nos propone un experimento: "tomemos una lata de sardinas, coloquémosle dentro un petardo uno de esos con los que festejamos el año nuevo y encendamos la mecha. Veamos el resultado: desagradable Á‚¿no?. Bueno, ahora reemplacemos la lata por un vagón de tren, y a esos pescaditos por personas. Cientos de personas, cada una con sus familias y amigos, trabajadores, estudiantes, algún que otro profesional, tal vez algún futuro "premio Nobel" o simplemente una cajera de supermercado que trabaja 12 horas al día para mantener a su marido desempleado y a su bebé de algunos meses. Cientos de personas como vos o como yo que, en absoluto anonimato, viajamos en tren todos los días".
"Hoy mi compañera se iba a la Facultad y dudó entre llevar o no un paraguas. Había escuchado algunos truenos. Decidió salir sin él pero volvió antes de lo previsto y con una noticia: hubo un atentado en la Estación Atocha de Cercanías. Supimos entonces que los truenos no habían sido tales. Hacía dos horas que las miradas del mundo estaban a treinta cuadras del departamento en que vivimos hace poco más de un mes en Madrid. A partir de ese momento sentí miedo, un miedo raro, jamás había experimentado el terror hasta ahora", comienza Valeria, estudiante de Derecho, en una carta publicada en el diario Castellano de Rafaela, de donde es oriunda. Por su parte Bárbara Kleisinger agrega "como a las 12:30 de ese jueves, salí para tratar de comunicarme con mis familiares, y me sorprendió encontrarme con las calles prácticamente vacías, algo un tanto chocante ya que siempre es un ir y venir de gente a toda hora".
La sorpresa
Valeria reconstruye los hechos y la proximidad del atentado a la vida cotidiana produce escalofríos, "esa red de trenes de cercanías de corta distancia forma parte de la vida cotidiana de millones de personas. A través de esos trenes, que en la ciudad son subterráneos, la gente llega a su trabajo para comenzar su jornada, aproximadamente 20.000 jóvenes se transportan hasta la Universidad Autónoma de Madrid donde ahora me encuentro asistiendo a clases. Me cuesta imaginar ese instante en el que cientos de personas leyendo o escuchando la música se vieron aturdidos por un enorme estallido y sumergidos en los posteriores momentos de desesperación y confusión".En este sentido, Juan Nieva nos propone un experimento: "tomemos una lata de sardinas, coloquémosle dentro un petardo uno de esos con los que festejamos el año nuevo y encendamos la mecha. Veamos el resultado: desagradable Á‚¿no?. Bueno, ahora reemplacemos la lata por un vagón de tren, y a esos pescaditos por personas. Cientos de personas, cada una con sus familias y amigos, trabajadores, estudiantes, algún que otro profesional, tal vez algún futuro "premio Nobel" o simplemente una cajera de supermercado que trabaja 12 horas al día para mantener a su marido desempleado y a su bebé de algunos meses. Cientos de personas como vos o como yo que, en absoluto anonimato, viajamos en tren todos los días".