Semblanza: Para un semionauta

Jueves 20 de agosto de 2026 / Actualizado hace 1 hora, 12 minutos

El primer intercambio de correos que tuvimos, fechado en mayo de 2013, comienza con la siguiente frase: "No se los quise decir antes, pero en realidad ustedes tienen un proyecto de investigación teórica más que interesante. Hasta donde sé, nadie se ocupó del tema aún". ¿Cómo no entusiasmarse con la semiótica cuando la respuesta de un profesor a un estudiante de segundo año, en vez de poner distancia o solemnidad, te empuja hacia las ideas como a un abismo?

Quienes lo conocimos como Daniel o Clemente sabíamos que ese entusiasmo estaba mediado por el debate. Era común en la charla la aparición, ya sea en el aula, en un encuentro de investigación o en el pasillo, de dos palabras que hacían temblar: “¿Por qué?”. No quería que siguieras hablando de cualquier cosa, te pedía volver sobre eso que estabas afirmando y ver cómo habías llegado a esa idea. A veces, con esa conversación surgía un plan de trabajo a desarrollar en una adscripción, una tesina o una beca, y otras veces se trataba de un supuesto que había que desnaturalizar. En los dos casos, cualquiera se volvía con más preguntas que afirmaciones.

De sus clases en Semiótica General queda la sensación de unas jornadas maratónicas. Clases enteras dedicadas a Roland Barthes, Julia Kristeva, Algirdas Greimas, Iuri Lotman y Eliseo Verón. En las cuatro horas había discusiones y problemas que iban de lo coyuntural a lo personal, porque la semiótica ahí se transformaba en una manera de ponerle nombre a lo que veíamos en las noticias, lo que leíamos en otras materias y también en las experiencias que teníamos como estudiantes universitarios. Esto se daba mientras presentaba sus ejemplos, que empezaban con un cuento de Borges, pasaban por la explicación matemática de la serie de Fibonacci y terminaban con una escena de Tiempos modernos. La clase de Peirce era la primera donde se veía un despliegue que cerraba con la semiosis para mostrar que esa cosa tan minúscula que nos pasó en algún momento de nuestra vida se sigue desarrollando como signo hasta el presente: la ropa que usamos, la carrera que elegimos, con quiénes nos vinculamos; todo eso forma parte de un proceso enorme que supera a las unidades mínimas y está en constante expansión.

Por eso, la preocupación no era aprobar el parcial para llegar a la promoción. La verdadera inquietud estaba en alcanzar una pregunta de investigación que hiciera algo más que describir o dar vueltas sobre un objeto. Perdí la cuenta de la cantidad de veces que vi resignación (muchas veces mía) por presentar una idea que parecía genial, un hallazgo, cuando en realidad se trataba de una pre-hipótesis o incluso un prejuicio. En 2016 éramos tantos con ganas de hacer cosas en la cátedra que nos pusimos de nombre Semionautas y empezamos a organizar ciclos, publicaciones y además un coloquio de semiótica con muchísima participación de otras universidades del país. En la cohorte de 2018, me acuerdo, las personas con adscripciones, tutorías o simplemente con ganas de participar en el curso ocupábamos casi la misma cantidad de espacio que quienes entraban a su primera clase. Eugenia lo miró y le dijo “¿Qué hiciste?” mientras se reía.

A principios de agosto, un par de días antes del congreso nacional de semiótica, me envió por WhatsApp sus diapositivas para una mesa sobre la historia de la disciplina en Argentina porque no iba a poder ir. En vez de un trabajo cargado con citas de autoridad o despliegue conceptual, esa ponencia habla sobre sus estudiantes, colegas y formadores:

“Los estudiantes comenzaron a ocupar el lugar que antes había tenido Carlos Caudana para nosotros: interlocutores capaces de sorprendernos, cuestionarnos y enseñarnos. Ese desplazamiento produjo un cambio profundo en nuestra práctica docente. Dejamos de concebir la enseñanza únicamente como transmisión de conocimientos para entenderla como un espacio de construcción compartida”.

Fue una presentación escrita para nosotros, los semionautas, también para los que trabajaron con él o quienes llegaron a escuchar su risa por los pasillos de la facultad. Un álbum fotográfico que muestra cómo los afectos, al igual que la semiosis, pueden sobrepasar los límites institucionales y los marcos teóricos. En esas fotos aparecemos en viajes, en congresos, en grupos de lectura, en celebraciones en el SUM de su casa: Eugenia, Betina, Cintia, Agustina, Antonella, Victoria, Martina, Gaspar, Cecilia, Sofía, Guillermina, Pamela, Vera, Alejandra, Giuliana, Joaquín, Gimena, Guillermo, Lautaro, Fernando, Ludmila, Sebastián, Leticia, Kevin, Juan Diego, Lara, Zoe, tantas personas que hasta los nombres se repiten.

Lo que nos queda, ahora, es continuar esa cadena de sentidos como citaba él cada vez que podía: en un signo igual o más desarrollado.

Gracias Daniel, gracias Clemente, gracias profesor, gracias director.

Escrito de Eric H. Hirschfeld en memoria de Daniel Clemente Gastaldello.

Fuente: https://ihucso.conicet.gov.ar/para-un-semionauta/

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