Ciclo IEA Litoral

Debates e interrogantes acerca de la “sociedad de los residuos”

Miércoles 18 de noviembre de 2020 / Actualizado hace 1 semana, 3 días

El sociólogo y profesor francés Baptiste Monsaingeon brindó la Conferencia “¿Quién es Homo Detritus? Los desechos en tiempos del Antropoceno”. Compartió datos y reflexiones acerca de las relaciones entre las sociedades contemporáneas y sus desechos.

 “¿Quién es Homo Detritus? Los desechos en tiempos del Antropoceno” es el título de la Conferencia virtual que brindó Baptiste Monsaingeon, sociólogo y docente de la Université de Reims Champagne-Ardenne, Francia. Desde hace una década, el académico investiga las relaciones entre las sociedades contemporáneas y sus desechos. Mediante reflexiones agudas acerca del impacto de la actividad humana en la Tierra a lo largo de los años, planteó debates sobre las consecuencias de la industrialización y el crecimiento económico, el papel de la eco-ciudadanía y la utopía de un mundo sin residuos.

El evento fue organizado por el Instituto de Estudios Avanzados del Litoral (IEA Litoral), la Universidad Nacional del Litoral, la Embajada de Francia en Argentina, el Institut Français d’ Argentine y el Centro Franco Argentino de Altos Estudios (UBA). Se realizó a través de la plataforma Zoom, el 13 de octubre, y contó con más de 70 participantes en línea. Esta actividad es parte de un ciclo de conferencias con investigadores de renombre internacional, con foco en el “pensamiento de largo término”, tal como indica el lema del IEA, y las repercusiones de la pandemia del COVID-19.

 

 

“Sopa de plástico”

Al iniciar su exposición, el investigador narró, en primera persona, un viaje que realizó en 2009 y que describió como una experiencia clave que convirtió a los desechos en el objeto principal de sus investigaciones desde hace más de 10 años: “A pocos días de empezar mi trabajo de doctorado, me embarqué con un amigo en un pequeño velero de madera, en búsqueda de un nuevo continente constituido con desechos de plástico. Había sido identificado en el Pacífico, pero nadie había recorrido el océano Atlántico para encontrar estas gigantes aglomeraciones, islas, de basura. Nuestra expedición duró 9 meses, recorrimos más de 11 mil millas marinas, pero no descubrimos ningún nuevo continente”.

“Sin embargo, mientras navegábamos no pasó un solo día sin que nos cruzáramos con desechos esparcidos flotando. Con una red de plancton recolectamos residuos, por lo general minúsculos, en proceso de descomposición. Desgraciadamente los continentes de plástico no existen, una isla o un continente son áreas tangibles que se pueden rodear, conquistar, inclusive limpiar. La realidad es bien distinta, se trata más bien de una sopa de plástico, un océano de micropartículas de plástico. Descontaminarlo sería impensable e implicaría intensificar la degradación del biotopo oceánico”, subrayó.

Con la exposición de fotografías de playas en África plagadas de basura, Monsaingeon señaló que durante la travesía no solo hallaron basura en el mar sino también a nivel terrestre. Asimismo, sostuvo que durante las escalas en Europa, África del Oeste y el Caribe, entrevistó a decenas de responsables de la gestión desechos, de políticos, ingenieros, técnicos, recolectores, entre otros trabajadores, y que, a pesar de la gran diversidad de los contextos políticos, económicos, geográficos y sociales, existe un consenso unánime que todos comparten: hay un problema con la basura.

En palabras del docente, por un lado, la producción de una cantidad importante de desechos constituye, según algunos economistas, un marcador que señala un cierto nivel de desarrollo. Por otro lado, la presencia de basura evoca un imaginario vinculado a la pobreza, al subdesarrollo. “Se puede afirmar que cuanto más rico sea uno, más basura produce. Pero también cuanto más rico sea uno, mejor esconde los desechos que produce. Sea como sea, la proliferación de los residuos tiende a transformar los lugares donde vivimos en espacios literalmente inhabitables. Dispersamos nuestros residuos hacia las entrañas del medio ambiente”, enfatizó.

 

 

Cadáver de un albatros en las islas Midway. Fotografía de Chris Jordan (2009). Fuente: El País.

 

¿Un mundo sin desechos?

El académico francés expuso que, frente a un problema de desechos unánimemente reconocido, las personas a las que entrevistó dieron casi siempre la misma respuesta: “hay que modernizar la gestión de los desechos, optimizar el modo de eliminarlos”. Es decir, para la mayoría de sus interlocutores, la posibilidad de mantener espacios habitables sólo depende de nuestra capacidad para recolectar y reciclar todos los desechos que producimos.

“Descubrí que todos parecían concordar en que tenemos como objetivo un mundo sin desechos. Ese mundo es una entelequia; la mejor solución para dejar de producir restos es aceptar que no haya más seres vivos u organismos en la Tierra. Desde un punto de vista biológico, los humanos somos excrementales, nuestros cuerpos producen residuos que dejan huellas de nuestra vitalidad. Es una base con la cual los arqueólogos escriben la historia de civilizaciones desaparecidas. En términos más abruptos: un ser vivo que no produjera residuos sería un ser muerto; la visión ideal de un mundo sin desechos sería un mundo sin vida, sin memoria, sin historia”, fundamentó.

Monsaingeon continuó explicando que, si bien parece utópica, “esa promesa de un mundo sin desechos estructura una parte importante de la historia de las sociedades industriales y de las relaciones con sus residuos. Una historia que va desde los discursos de los primeros grandes industriales del siglo XIX, que elogiaban las virtudes económicas de la reducción de las pérdidas en las cadenas de producción, hasta los promotores del desarrollo sustentable o más recientemente de la economía circular, que es someter al reciclaje todo lo que se produce, como un único horizonte para las sociedades contemporáneas”. “En esa lucha, ya antigua, contra nuestros desechos se esconde la promesa de una civilización industrial inmortal que llegará gracias al progreso económico a manejar esta mecánica excremental", teorizó.

“Hoy producimos restos que se encuentran en todo el mundo. No hay frontera que los pare. Sean sólidos, líquidos o gaseosos, concentrados o difusos, inertes o radiactivos. Dejan huellas en el agua, la tierra y el aire. Se han encontrado en el fondo de la Fosa de las Marianas, a más de 10 kilómetros bajo el nivel del mar. En las pendientes del Everest una expedición recolectó 5 toneladas de residuos abandonados por alpinistas. Numerosas catástrofes ecológicas contemporáneas pueden considerarse consecuencias del esparcimiento de nuestros desechos en la biosfera”, ejemplificó el investigador.

 

El Homo Detritus del Antropoceno

El Antropoceno es la época geológica que ha propuesto la comunidad científica para suceder o reemplazar al Holoceno, la época actual del período Cuaternario en la historia terrestre. El concepto de Antropoceno fue acuñado en el 2000 por el premio nobel de química holandés Paul J. Crutzen, de modo que el nombre reflejase el impacto del hombre sobre la Tierra.

Con eje en estas concepciones, el sociólogo especificó: “Tal vez la cuestión del Antropoceno sea, en primera instancia, un asunto vinculado con los desechos. Los especialistas geólogos hablan de que esto es la evidencia del fin del Holoceno. En otros términos, el Antropoceno sería un ‘Basureroceno’ que nos recuerda que hoy en todo el planeta no existen más espacios vírgenes o salvajes”.

En esta línea, según el investigador, cabe preguntarse si el Homo Sapiens se ha convertido en el Homo Detritus: hombres que producen montones de residuos. “Propongo ver al Homo Detritus como un primo lejano de Homo Economicus, esa representación ideal del ser humano imaginada por algunos economistas neoclásicos del fin del siglo XIX. Si este fue a menudo comparado con un consumidor ideal, movido por decisiones racionales, Homo Detritus podría compararse con un eco-ciudadano, un tira-basura ideal, estimulado a tirar bien la basura para consumir siempre mejor”.

“A lo largo de la industrialización, pese a la aparición de nuevos materiales y de la cantidad cada vez mayor de desechos, por motivos democráticos la producción de residuos se convirtió en un elemento estructural de los sistemas económicos fundado en la búsqueda de un crecimiento ilimitado. Fue necesario, por eso, aprender a tirar basura”, aclaró. Aseguró, además, que después de la Segunda Guerra Mundial en Europa y en Norteamérica, sobre todo en el período de los Treinta Gloriosos años (1945-1975), tanto los productores de bienes de consumo como las autoridades púbicas se movilizaron para “hacer del hecho de tirar basura un acto no solo liberador, sino de puro placer”.

 

 

Crecimiento ilimitado, recursos limitados

Más allá de aquel panorama histórico-cultural, para Monsaingeon sería erróneo considerar que las sociedades industriales no hayan tomado conciencia del impacto de la producción monumental de residuos antes de la década de los 70. Remarcó que, en 1972, en el contexto de las primeras crisis petroleras, los miembros del Club de Roma, una organización fundada en 1968 por un grupo de científicos y políticos, ya habían señalado en su Informe Meadows que el crecimiento económico ilimitado es imposible en un mundo de recursos materiales limitados.

A raíz de estas afirmaciones y trasladando el debate a la actualidad, desarrolló uno de los argumentos centrales de su exposición: “El giro ambiental en la gestión de los desechos no constituye para nada una ruptura con el paradigma productivista de los desechos modernos, al contrario: so pretexto de argumentos ambientales, el “pintar de verde” los desechos generó la oportunidad de prolongar el movimiento modernista que los asociaba con una amenaza que había que manejar, dominar y eliminar. Este greenwashing de todo un sector de la actividad industrial y política de las sociedades occidentales, permitió relegar a un segundo plano la cuestión de las potenciales causas políticas, económicas y técnicas de la saturación del mundo por nuestros desechos”.

“Desde hace por lo menos 50 años se decía que teníamos que reaccionar urgente, cuando se impuso la famosa regla de las tres R: reducir, reutilizar y reciclar. El desarrollo sustentable está presente en los reportes oficiales, en los discursos de todos los jefes de estado y dirigentes de empresas multinacionales, pero el volumen de basura producido en el mundo nunca dejó de crecer. El basurero está lleno. El mundo se sofoca bajo nuestros desechos”, concluyó.

Como parte de su disertación, el especialista añadió que en 2013 la revista Nature publicó un artículo prospectivo sobre el crecimiento de la producción de residuos, en el que se comparaban varios escenarios, teniendo en cuenta parámetros como la expansión demográfica, el consumo de materias no renovables, la brecha entre riqueza y pobreza. Como hipótesis, allí se prevé una triplicación de la producción mundial de desechos hacia el 2100. El volumen en 100 años pasaría, entonces, de 4 millones de toneladas a 12.

 

Eco-ciudadanía y debates subyacentes

“La racionalización del uso doméstico de los desechos se vuelve una forma emblemática de ecología cotidiana. Al separar bien los residuos, tirarlos en el tacho adecuado, al evitar a toda costa que nuestra basura se disperse en el medio ambiente, llegamos a pensar que realmente contribuimos a proteger el planeta, pero, ¿qué es lo que efectivamente aspiramos a preservar?”, inquirió.

Para dar marco a la discusión, contó que a fines de la década de los 80 en Europa se desenvolvieron los primeros programas que comenzaron a estimular a los usuarios para lograr una buena gestión de los residuos. Ya situados en la actualidad, la expresión eco-ciudadano y el fomento de prácticas como usar lámparas de bajo consumo, cuidar el agua, usar transporte público, entre otras, es recurrente en los discursos sobre la protección del medio ambiente, sean de asociaciones, empresas e instituciones.

“En vez de proyectar una reforma estructural de la sociedad, esta nueva eco-ciudadanía reformula el modo de seguir consumiendo a pesar de la catástrofe ecológica en curso; constituye nada más que una promesa que desplaza los desafíos políticos y económicos hacia cuestiones morales. De modo que, si cada uno de nosotros actúa de modo responsable, se puede seguir consumiendo y tirar basura con buena conciencia”, declaró como primera respuesta al interrogante inicial.

Aseveró que esta política basada en pequeñas acciones borra los límites entre local y global, público y privado, doméstico y común, y desplaza las responsabilidades, que teóricamente competen a las autoridades públicas, hacia la esfera doméstica: “Este compromiso de modificación de las prácticas individuales participa de un movimiento general de despolitización de nuestra aproximación a los desechos, de neutralización de su potencial subversivo”.

 

Más información y videos del Ciclo de conferencias del IEA Litoral en https://iealitoral.com.ar/

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